7 de marzo de 2015




Había decidido salir a fumar a la terraza, como todas las noches, pecando de vicio y necesidad antes de irse a dormir. No soplaba el viento y de sus labios salían unas perfectas os de humo blanco que se distorsionaban según subían hacia el firmamento.
En un arrebato decidió intentar superarse y meter una o dentro de otra, hasta que una gran nube blanca le tapo la vista de la ciudad iluminada por la luz de la luna.
Cuando una leve brisa recién levantada se llevo esa pequeña nube artificial lo vio.
Estaba de pie sobre el tejado, observando el mismo infinito que veía ella.
Llevaba un abrigo largo que cubría hasta la mitad de sus muslos, negro como la noche. Realmente todo en él recordaba a la noche, la oscuridad y la profundidad de un mar embravecido. 
Ella se quedó allí, observando a esa figura desconocida. 
Su torso se giro levemente para permitirle mirar hacia atrás el tiempo necesario para observar a la chica del alma en pena haciendo que su cabello despeinado se moviera para dejar ver dos charcos de plata liquida brillando con el reflejo de la luna. Ella no le conocía, él a ella tampoco, pero siempre escuchó que el tabaco es comida para un alma rota.
Ninguno dijo nada, él volvió a mirar hacía el mar y ella siguió dandole caladas a su cigarro.



20 de febrero de 2015




Estaba tan cerca de mi que pensé que le dejaría marca, que mis manos candentes marcarían esa piel pálida que cubre cada curva y rincón de su cuerpo. Temí que se asustara y saliera corriendo, pero nada más lejos de la realidad.
Empezaba a hacerse habitual el contacto físico entre nosotras cuando estábamos solas. 
Sus piernas buscaban enredarse en las mías, yo enterraba la nariz en su jersey de rayas, mi mano rozaba su piel haciendo círculos y las suyas surcaban mis rizos y mi nuca. Ese movimiento mutuo y constante más de una vez nos dejó dormidas.
Cuando se cansaba de hacerme de almohada, su nariz acariciaba mi cuello, sus labios rozaban mi mandíbula, se incorporaba y me pedía cambio. Entonces me tocaba a mi ser la almohada.
Era una necesidad insana por mi parte de fundirme con ella. Cada vez que la veo necesito fundirme con ella, con su sonrisa, con esas dos curvas finas como una mina de lápiz y ligeras como una pluma. Hasta que me duela. O queme. Y duele. Y quema. Como quema.

Lo primero que me dijiste con el roce fue un débil y febril mentirosa; pero no me arrepiento, y nunca me arrepentiré de haber dicho la mentira más grande que nunca dije y diré, porque solo era capaz de decírtela a ti, y es que cuando nos morimos solo nos arrepentimos de aquello que no hicimos, ¿y sabes?
No quiero arrepentirme de haberme perdido un solo suspiro.