18 de marzo de 2015
Una Rosa sin Espinas
¿Qué pasa cuando te enamoras de una rosa sin espinas?
Una rosa blanca, abierta en las cuatro estaciones, de tallo firme y pétalos abundantes.
Una rosa resistente al frio del invierno y al ardiente sol del verano.
Una rosa con las lagrimas de sangre que nunca podrá derramar.
Ese tipo de rosa que suelta un dulce aroma veinticuatro horas al día,
y que solo con rozar sus pétalos los escalofríos recorren tu espalda.
¿Qué pasa cuando te enamoras de una rosa sin espinas?
Crece el miedo dentro de ti, ¿y si tus espinas dañaran a la frágil rosa?
Te pierdes en la abundancia de pétalos, utilizas el tallo como tobogan.
Y te deslizas tantas veces hasta enloquecer. Porque enloqueces.
Enloqueces de placer escalando una y otra vez el tallo solo para dejarte caer.
Enloqueces con la embriagadora fragancia de su corazón.
Enloqueces de comodidad al dejarte caer entre sus pétalos, dulce cuna de tus noches.
Y, al final, enloqueces de necesidad.
¿Qué pasa cuando te enamoras de una rosa sin espinas?
Te perderas a ti,
y la perderas a ella.
10 de marzo de 2015
Noches de Sangre
Todas las noches empezaban igual; se metía en la cama, se libraba de aquellas prendas de ropa que le causaran molestias y se ponía los cascos buscando esa música dentro de las mil canciones que calmara la hiperactividad de su cerebro e hiciese que se quedase dormida.
Y aparecía esa lista de reproducción que adormecía a su cerebro, relajaba su cuerpo y convertía dormir en el placer que realmente era. Pero eso solo sucedía a veces. En el noventa por ciento de las ocasiones algo dentro de ella se detenía, su corazón comenzaba a latir más despacio, afloraban las inseguridades, los "¿y si...?" y todos aquellos sentimientos que la mayoría de las veces eran uno más, pero que en esas ocasiones eran únicos.
En esos momentos la bestia despertaba, desperezándose, dando la señal de su presencia con un constante miedo en el corazón de su jaula, esperando que la noche le abriera las puertas para salir a destrozar la obra de Morfeo.
Y lentamente la luz se iba, las ocupaciones desaparecían, cambiaba el chip del deber al querer, y cuando la noche era completa y absoluta, y el cuerpo tomaba posición horizontal, la bestia salía.
Y así todas las noches empezaban igual,
y todas acababan igual.
Rota en mil pedazos,
abierta por mil esquinas,
sangrando por mil rincones.
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